18 agosto 2025

La última postal - relato publicado en Magazine Norte GC el 11 de agosto de 2025

La última postal

Olga Valiente


            


                                   


Nadie sospechó de Andrés cuando Clara desapareció.
Él era el cartero del barrio: siempre sonriente, siempre puntual, siempre invisible.

Cuando preguntaban, decía no haber visto nada. Solo cartas. Solo paquetes. Solo las rutinas de siempre.
Pero en su casa, en la pared del sótano, Clara seguía escribiendo.

Andrés había convertido aquel sótano en una jaula silenciosa. Cada mañana, le entregaba a Clara una postal blanca y un bolígrafo.
—Escribe a quién quieras —susurraba—. Diles que estás bien.

Ella obedecía. ¿Qué otra opción tenía?
Las postales salían del sótano y Andrés las dejaba en el buzón más cercano. Familiares, amigos, nadie dudaba de su caligrafía, de sus mensajes breves pero tranquilizadores.

Hasta que una tarde Clara escribió algo que no estaba permitido:
"Sigo atrapada. Ayúdame. M."

La postal nunca llegó a su destino.
Andrés la encontró antes, la leyó en silencio y, sin una palabra, bajó al sótano.

Cuando la policía finalmente entró en su casa, encontraron cientos de postales apiladas.
Todas decían lo mismo:
"Estoy bien. No me busquéis."

Salvo una, arrugada y manchada de sangre, que aún conservaba la letra temblorosa de Clara.

"No me olvidéis."


La mujer del pelo largo - relato publicado en Infonorte Digital el 12 de agosto de 2025

La mujer de pelo largo

Olga Valiente



                                     

Era de noche, y solo estábamos la auxiliar y yo en aquella parte de la UCI, donde se encontraban los pacientes que necesitan aislamiento respiratorio. La verdad es que la guardia no estaba siendo especialmente complicada, al contrario, estaba siendo demasiado tranquila para lo que estábamos acostumbradas, sobre todo en invierno, donde los casos de Covid, gripe A y demás virus respiratorios hacen su aparición. Tras la primera ronda de vigilancia, en la unidad reinaban el silencio y la calma, que solo se veían interrumpidos por el bip de los monitores y el sonido de los colchones anti escaras al inflarse y desinflarse. 

Los pacientes descansaban, los respiradores mantenían su cadencia, el médico seguía en urgencias y, fuera, la ciudad dormía tranquila y serena, como si nada. 

Una vez puesta la medicación y finalizada la ronda de vigilancia, había llegado el momento de Irene, la paciente que más tiempo llevaba con nosotros. Hacía tan solo unos días que habíamos podido despertarla tras mantenerla sedada mientras sus pulmones se recuperaban de la grave neumonía que había sufrido, así que aun se encontraba un poco débil para movilizarse por sí misma. De ahí que acudiésemos a su box cada 3 horas para ayudarla a cambiar de postura en la cama y preguntarle cómo se encontraba.

Pese a la mejoría de los parámetros analíticos y sus evidentes ganas de volver a casa, Irene aun no podía hablar con claridad y cuando se esforzaba en mantener una conversación con nosotras, en seguida se mostraba cansada. Era una mujer menuda, de rostro dulce y amable, con manos de mujer de campo trabajadora de los tomateros y unos ojos grandes capaces de expresar todo lo que su cuerpo trataba disimular. 

Mientras la ayudábamos, le explicábamos cómo la moveríamos y por qué, como siempre: 

—Irene, te vamos a girar un poco y aprovecharemos para ponerte un poco de crema hidratante en la espalda, ¿vale?. Ya casi está...

Entonces, con voz baja pero nítida, nos preguntó:

—¿Quién es esa señora de pelo largo que está en el control?

Tere, la auxiliar, y yo, nos miramos y, sin movernos de donde nos encontrábamos, miramos a nuestro alrededor en busca de la señora a la que se refería Irene. Pero allí, a parte de nosotras, no había nadie más. El control estaba vacío y oscuras, iluminado únicamente por la tenue luz que colocábamos junto a los monitores de vigilancia durante las noches, evitando así molestar a los pacientes. 

El resto de compañeras se encontraban en los módulos contiguos con otros pacientes y por allí hacía ya rato que no pasaba nadie. 

—¿Qué señora? —le pregunté, intentando sonar tranquila.

—Esa... —susurró ella, girando apenas los ojos hacia la ventana de cristal que daba al control—. La que me estaba mirando mientras ustedes hablaban… con el rostro pálido, el pelo largo, negro y muy liso.

No dijimos nada más. Preferimos terminar el cambio postural en silencio mientras nos mirábamos de reojo y salimos del box. 

Una hora después, volvimos a entrar y nos quedamos más tranquilas viendo que Irene ya dormía. O, al menos, eso parecía. Porque justo antes de que nos fuéramos a ir, manteniendo los ojos cerrados, nos dijo:

—La mujer ya se fue. Solo vino a confirmarme que aun no es mi momento, aunque yo ya lo sabía…

A veces, pienso que hay presencias que vienen a acompañar. Otras, que solo observan. Y otras, que simplemente están ahí. Como si ese lugar les perteneciera más que a nosotras. Como si nunca se hubieran ido del todo.

No volvimos a verla. Pero desde aquella noche, cada vez que paso frente al control de esa sala, siento la necesidad de mirar por encima del hombro.

Por si acaso.


En el umbral - Relato publicado en Infonorte digital el 6 agosto 2025

En el umbral

Olga Valiente




No supo bien en qué momento exacto ocurrió, pero lo sintió. Un leve escalofrío, como un susurro ajeno, recorrió su cuerpo. Miguel llevaba ya varios días en esa cama de hospital, preso del eco de los aparatos y los silencios de los pasillos. Los médicos hablaban de un coma inducido, de tratamientos, de posibilidades... Pero dentro de él, algo estaba sucediendo.


Primero, una ligereza. Como si su cuerpo ya no pesara. Luego, una sensación de calma que lo invadía por completo. Tan cálida y profunda, que parecía que sobre él descansaba una manta invisible que le había sido colocada con ternura. Y después, sin dolor ni miedo, se vio a sí mismo.


Su rostro sereno y descansado, su pecho aún moviéndose con un leve ascenso, casi imperceptible, los brazos en reposo. Todo estaba allí... menos él. Flotaba apenas por encima, envuelto en una niebla azulada que parecía fusionarse con su nueva piel, translúcida y sutil.


Miguel se miró con tristeza, con compasión. Él nunca había creído en nada de esto, pero ahí estaba: sintiéndose completo y libre, seguro de estar ya casi del otro lado. No tenía frío, y tampoco hambre. Solo una certeza: algo que lo llamaba, pero sin voz. Era una presencia cercana, conocida, como aquella melodía que una vez escuchas y que, de pronto, recuerdas, aunque no sabes de dónde proviene.  


De repente, los monitores, que seguían con su tic-tac indiferente, empezaban a cambiar sin que nadie pareciese darse cuenta de que su alma se estaba desprendiendo. 


Entonces recordó a su madre, fallecida hacía ya unos años. Se acordó de sus paseos de niño por el barranco, de su primera caída con la bicicleta, del amor de sus hijos… y también se acordó de todo aquello que nunca dijo. Las disculpas que nunca llegaron. Los abrazos que dejó para después. Del perdón que nunca llegó a pedir. 


—¿Esto es morir? —pensó.


Pero no hubo respuesta. Solo esa extraña sensación de transición que estaba experimentando.  ¿Podía volver?


Fue en ese momento cuando sintió una energía diferente en la habitación. Una suave vibración que provenía de su pecho, del cuerpo que había dejado atrás, postrado en la cama. Era su hijo pequeño, al otro lado del cristal, con la frente apoyada en él y los ojos llenos de lágrimas. Sus labios parecían decir: “Vuelve papá, por favor no me dejes”.


Y por un momento, no supo qué hacer.


Lo que había más allá le prometía descanso, ese que tanto necesitaba. Lo que quedaba aquí, le pedía coraje, el tipo de valor que nunca tuvo. Pasaron unos segundos —unos segundos donde el espacio se mantuvo suspendido entre el aliento y el adiós— hasta que Miguel se atrevió a tomar una decisión.


Inspiró profundamente.


El monitor, que parecía apagarse lentamente, volvió a cobrar vida. Su alma, que se había elevado, tomó el camino de vuelta hasta fusionarse de nuevo con su carne, con su piel y con su historia.


La enfermera que entró poco después no entendió por qué el paciente sonreía estando en coma, pero, lo cierto es que lo hacía. Y es que Miguel había vuelto con un propósito: cerrar los círculos, zanjar asuntos pendientes, expresar lo que siempre había preferido callar y vivir la vida. Pero esta vez, con el alma completamente despierta. 

04 agosto 2025

Secretos - Publicado en Magazine Norte Gran canaria el 31 de julio de 2025


Como cada noche, Lucía se encerró en su cuarto para leer el libro, ese donde las palabras parecían cobrar vida bajo la tenue luz de su lámpara de estrellitas, el que encontró escondido tras una de las estanterías de la antigua biblioteca del pueblo. Ella no lo sabía pero en él, había más que una simple historia de ficción. Entre sus hechizos, recetas y esos extraños dibujos de símbolos, había algo  de verdad, algo que le heló la sangre al verlo: una lista de nombres. Todos pertenecían a mujeres que habían sido ejecutadas por brujería en el siglo XVII en Telde, al menos eso le había dicho Fernando, su profesor de historia. Uno de los nombres, destacado en rojo, era Ana de Tara… seguido de un apellido: González. Su apellido materno.

Elena sintió que la habitación giraba, la piel se le erizaba y un escalofrío se apoderaba de ella. Su abuela siempre había sido muy reservada sobre su historia familiar. Nunca le contaba nada que tuviera que ver con su infancia, con sus tías, con sus bisabuelos... y ahora entendía por qué. Las mujeres de su linaje habían sido perseguidas, acusadas de brujería y quemadas en la hoguera. 

Pero lo más perturbador era la última frase del libro: "La sangre de Tara nunca se extingue. La última heredera despertará el poder que ahora dormita."

Y ese momento, parecía haber llegado. Lo que hasta ahora había sido una vida tranquila, como una niña cualquiera de su edad, se convirtió en un constante encender y apagar de luces, apariciones de sombras en los espejos, susurros a su espalda, objetos colocados donde nunca estuvieron. Pero lo más inquietante fue lo que le ocurrió la noche del 23 de junio, cuando encontró marcas grabadas en la pared situada tras el cabecero de su cama: símbolos idénticos a los del libro que nunca habían estado allí...¿o sí? 


La vecina, el loro y el secreto del potaje de berros - Publicado en Magazine Norte Gran Canaria el 14 de julio 2025



En el barrio de La Isleta, donde las ventanas son más chismosas que las propias vecinas y en los patios se comparten más secretos que los grupos clandestinos de Telegram, vivía doña Clotilde, una señora de setenta y cinco años con más energía que un niño harto a comer azúcar. En su vida solo había dos cosas que la hacían plenamente feliz:  el bingo de los miércoles con su grupo de amigas y su loro, Benito.

Benito no era un loro cualquiera. Aparte de tener un pico bastante afilado, como la lengua de su dueña, era capaz de imitar voces humanas con una precisión tan escandalosa que más de una vez provocó rupturas matrimoniales, llamadas falsas al 112 y peleas entre vecinas por chismes que él mismo inventaba.

Una tarde, mientras doña Clotilde preparaba su famoso potaje de lentejas, Benito comenzó a repetir una frase con tono dramático:

—¡El secreto está en la pastilla! ¡El secreto está en la pastilla!

Doña Clotilde se quedó blanca como la harina. ¿Qué pastilla? ¿Quién le había dicho eso al loro? ¿La vecina doña Paquita? ¿El enterado de la farmacia? ¿Benito estaba espiando conversaciones ajenas otra vez?

Al día siguiente, en la cola de la carnicería, ya corría el rumor: «Doña Clotilde echa droga el potaje». Y eso que el barrio entero se lo zampaba cada vez que ella lo llevaba al centro de mayores. La pobre mujer, indignada, intentó desmentirlo.

—¡Mi potaje es natural! ¡Lo único que le echo es un poquito de amor y comino!

Pero Benito, en el balcón, se encargó de rematarla:

—¡Y es una pastillita mágica!

Las risas de los vecinos se oyeron hasta en Telde.

Ese sábado, la televisión canaria apareció en su puerta. Una reportera, entre divertida y curiosa, le preguntó si podían grabar el proceso del potaje de lentejas en directo para el programa de cocina de la cadena. Ella aceptó entusiasmada así, además de enseñar su maravillosa forma de cocinar al mundo, podría demostrar que no echaba nada ilegal al potaje.

Delante de las cámaras, picó cebolla, ajo, echó el gofio con garbo, y al final… sacó de su delantal una pastilla efervescente.

La cámara hizo zoom.

—¿¡Qué es eso!? —preguntó la reportera alarmada.

Doña Clotilde se rió.

—Vitamina C. ¡Para que no se me bajen las defensas mientras cocino, mi niña!

El vídeo se hizo viral. “La abuela del potaje vitamínico” fue trending topic en todas las redes sociales. El Ayuntamiento le dio una medalla por fomentar la cocina saludable. Y Benito… Benito acabó con su propio perfil de TikTok, donde cada día suelta frases como “¡La abuela no usa Avecrem, usa magia!” o “¡Comino sí, drama no!”

Desde entonces, cada vez que en el barrio huele a potaje, alguien grita desde un balcón:

—¡Doña Clotilde, yo también necesito una de tus pastillitas!

Y todos se ríen. Incluso el loro.


La señal - publicado en Magazine Norte Gran Canaria el 23 de julio de 2025


A veces basta solo un instante para que todo cambie.

Era un lunes cualquiera, uno de esos días grises en los que nada parece destacar y todos parecen andar dormidos. Me levanté tarde, con el café ya frío y la cabeza llena de cosas que no importaban. La rutina de cada semana me envolvía como un abrigo pesado del que no podía librarme.

Me preparé con un los ojos aun llenos de legañas, salí a la calle y cogí el coche sin demasiadas ganas para conducir hacia ninguna parte. Simplemente necesitaba estar lejos, aunque no supiera de qué.

El viento soplaba con fuerza cuando llegué al acantilado. Me quedé allí, mirando el mar romper contra las rocas, hipnotizada por la danza de las olas. Había algo en ese lugar que me tranquilizaba, un susurro antiguo que no se puede explicar con palabras.

En ese momento, el cielo se abrió un instante y un rayo de sol iluminó una pequeña pluma blanca, solitaria, que giraba en el aire hasta posarse a mis pies.

No era gran cosa. Solo una pluma.

Pero algo en mí supo que no era casualidad.

Quizá era una señal. Quizá alguien, en algún lugar, me recordaba que todo está conectado, que incluso los días más oscuros esconden una chispa de luz.

Sonreí, sin saber por qué, y supe que, aunque el mundo siguiera igual, algo dentro de mí había cambiado para siempre.

A veces basta un instante para volver a empezar.


El Bosque de Tara - publicado en Magazone Norte Gran Canaria el 2 de Julio de 2025


Aún con el corazón latiendo con fuerza, Elena decidió que era hora de encontrar las respuestas que tanto tiempo llevaba buscando. Recordó que el barranco de Tara, un lugar envuelto en misterio desde hacía muchos años, había sido el escenario de cientos de historias sobre rituales y magia. Allí, entre las cuevas volcánicas del lugar, se decía que el aquelarre de brujas más poderoso de la isla se había reunido antes de ser traicionado y entregadas todas a la Inquisición.


Una noche, armada con una linterna pequeña y su inseparable grimorio, se adentró sola en el barranco. La luna llena iluminaba el paisaje rocoso a cada paso que daba, y el viento traía consigo un murmullo inquietante, casi humano. Caminó durante horas, guiada por un instinto que no comprendía del todo, pero que siempre había sentido, hasta que llegó a la famosa cueva, oculta tras unos arbustos secos y enormes. Dentro, encontró un altar cubierto de polvo, con restos de velas derretidas y un cuenco de piedra.


Elena se arrodilló frente al altar y, casi sin darse cuenta, comenzó a recitar uno de los conjuros de su libro. Las palabras fluyeron de sus labios como si siempre hubieran estado allí, esperando ser pronunciadas. Entonces, el aire se volvió denso, y una figura comenzó a materializarse ante ella: una mujer de cabellos largos y oscuros, con ojos que parecían pozos sin fondo. Era Ana de Tara.


—Eres la última —dijo la figura con una voz profunda y antigua—. Nuestra sangre sigue viva en ti. Has venido a reclamar lo que siempre nos arrebataron.


Elena intentó hablar, pero no pudo. Una fuerza invisible la mantenía inmóvil mientras veía cómo Ana extendía una mano espectral hacia ella. En ese instante, la joven sintió una oleada de poder recorrer su cuerpo, una energía primitiva que le mostró imágenes de su pasado: mujeres quemadas en la hoguera, manos atadas, gritos en la noche… y entre ellas, Ana, liderando el aquelarre con valentía hasta su último aliento.

Flor del equinocio - Publicado el 30 de Julio de 2025


Nadie en el pueblo conocía su verdadero nombre. La llamaban Flora, como si hubiese nacido del mismo corazón del bosque, como si los pétalos que adornaban su cabello no formaran parte de un decorado, sino de su propio cabello. Decían que hablaba con los pájaros, que las mariposas danzaban a su paso y que, si mirabas fijamente sus ojos, podías ver la primavera, incluso en pleno invierno.

Flora vivía en una casita pequeña junto a la fuente. Cada mañana, al alba, recogía flores de su jardín y las trenzaba en su melena. No por belleza —que de sobra tenía—, sino por ritual. Cada flor, cada color, tenía un propósito.

Aquella mañana del equinoccio, sin embargo, fue distinta.

El cielo despertó con una calma extraña, la típica que antecede a la tormenta. Los pájaros no cantaban y las flores parecían mustias. Flora lo supo al instante: ese día marcaría un antes y un después.

Mientras colocaba claveles, lirios y margaritas en su cabello, sintió una brisa fría acariciar su cuello. Cerró los ojos y dijo: “hoy viene.”

Y así fue.

El banco vacío - Publicado en Infonorte digital el 16 de julio de 2025


Como cada tarde, sin excepción, ella se sentaba en el mismo banco de la avenida, mirando al mar. Nadie la conocía, no sabían su nombre ni de dónde venía. Lloviera, o hiciera sol, ella siempre venía y ocupaba el mismo sitio durante horas. 

Al principio, era sólo una persona más que disfrutaba del paisaje: una mujer de unos 70 años, con el cabello canoso recogido en un moño y los ojos clavados en el horizonte. Los demás pasaban junto a ella sin mirarla, absorta en sus prisas y en sus móviles. 

Pero con el paso de los días, algunos de los habituales del lugar, comenzaron a reparar en ella, en su quietud, en su rostro, en la forma en que sostenía entre sus manos aquella foto desgastada. No hablaba con nadie y tampoco sonreía. Sólo miraba fijamente el vaivén de las olas chocando con las rocas del muelle, como si estuviera esperando algo...o a alguien. 

Los rumores no tardaron en aparecer y en hacerse cada vez más grandes. Algunos decían que esperaba a un amor del pasado, otros que simplemente estaba loca. Pero lo cierto era que en su mente sólo existía un recuerdo: una historia antigua, un adiós que nunca llegó a darse y que aún hoy esperaba. 

Una tarde, la mujer no volvió. El banco se quedó vacío, abandonado en medio del paseo, sin que nadie se atreviese a sentarse. Hasta que un día, una nota apareció en su lugar. Decía, con letra temblorosa: 

“Gracias por compartir mi silencio.”

Desde entonces, aquel banco nunca volvió a quedarse vacío. Siempre lo decoraban flores frescas, mensajes anónimos, candados con fechas o corazones, pequeños homenajes a una mujer desconocida que, sin decir una sola palabra, había dejado un huella profunda en los corazones de todos. 


Recuerdos - publicado en Infonorte digital el 23 de julio de 2025




La casa aún seguía allí, en pie, como si el tiempo no hubiera pasado por ella. La pintura igual de descascarilladas, las ventanas rotas, la puerta agrietada que tanto ruido hacía al abrirse. Todo tal y como yo lo recordaba, tal y como había quedado guardado en mi memoria, pese a los más de 20 años que hacía que no pisada aquel lugar. 

En realidad, no sé muy bien por qué decidí volver a allí. Una carta sin remitente, los sueños de cada noche o, quizá, la nostalgia que se apodera de mi en los días en los que me siento sola y perdida. No estoy segura del motivo pero...volví. 

Nada más abrir la puerta el olor a viejo y a dolor me inundó la nariz, y a cada paso que daba, adentrándome aún más en el largo pasillo, más imágenes aparecían en mi mente. Los pies se me hundían en el suelo entre el polvo y las telarañas a la vez que pensaba en las fotos, el eco de su voz, la llave. Al fondo estaba el salón donde tantos veranos nos deshacíamos entre risas, la cocina donde solíamos preparar mi tarta favorita...juntas. 

Todo estaba vacío. Y sin embargo, dentro de mi, todo seguía lleno. 

Cada rincón de la casa respiraba. Cada objeto, ahora cubierto de polvo, guardaba en su memoria el recuerdo de lo vivido: los juegos de cartas, las tardes de lectura, las canciones a media voz, las lágrimas derramadas en los inviernos tristes, los abrazos en las noches de tormenta. 

Subí al desván, guiada por algo más fuerte que la propia razón y, allí, nada más abrir la puerta, me recibió el viejo baúl, su baúl. Cientos de cartas esperaban dentro a que alguien las encontrase, a que alguien las leyese y rememorase lo que un día en ellas se quiso escribir. Eran de mamá. Cartas que nunca llegaron a enviarse, palabras de amor, de consuelo y de orgullo que nunca fueron compartidas. Cartas que hablaban de ella, de sus motivos, de su forma de ver la vida, de los sueños que nunca había cumplido, de las veces que esperaba regresar. 

Y lloré. 

Comprendí que en algunos lugares los recuerdos nunca mueren. Que hay casas que, como nosotros, aún se acuerdan de los que allí vivieron manteniendo su esencia impregnada en las paredes, aún cuando nosotros mismos queremos olvidar. Que a veces los objetos saben más sobre nosotros que nuestra propia memoria. 

Salí al jardín antes de que el sol comenzara a ponerse y le eché el último vistazo a la casa. Estaba vieja, pero seguía bonita. Y ahora, me sonreía. 

El legado maldito - Publicado en Infonorte digital el 10 de julio de 2025


Cuando despertó, estaba sola en la cueva, pero el altar había cambiado. Ahora brillaba con un resplandor tenue, y sobre él reposaba un colgante de plata en forma de luna creciente. Elena lo tomó, sabiendo que era suyo, y sintió que una conexión profunda se establecía entre ella y sus ancestras.

Desde esa noche, las pesadillas cesaron, pero las sombras nunca la abandonaron del todo. Aprendió a aceptar su legado, a usar el poder que corría por sus venas para protegerse y para buscar justicia en un mundo que aún cargaba con las cicatrices del pasado.

Y en las noches de luna llena, si alguien se aventuraba por el barranco de Tara, juraban escuchar risas femeninas y cánticos que venían desde las profundidades de las cuevas. Las brujas de Tara, decían los más supersticiosos, habían vuelto. Y esta vez, no serían quemadas.

La niña que hablaba con los animales - Publicado en Infonorte digital el 18 de junio de 2025

Cada primer domingo de mayo, cuando el cielo de Montaña Alta se llenaba de banderines de colores y el aire olía a potaje de jaramagos y gofio, los vecinos se preparaban para la fiesta grande: el Día del Queso.





Allí, frente a la plaza, vivía una niña llamada Sofía. Tenía nueve años, el pelo anaranjado y alborotado como los zarzales del camino, y unos ojos verdes como los helechos del barranco. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sabían: ella era distinta.

Decían que por la noche escuchaba voces entre los vientos, que conocía el nombre de cada una de las cabras de los vecinos del pueblo y que podía saber si una quesera estaba triste con solo probar su queso. Su madre, Dominga, decía que tenía demasiada imaginación, pero en el pueblo, los viejos callaban y las viejas cruzaban los dedos cuando ella pasaba.

Aquel año, la fiesta llegó con más bullicio que nunca. Había guagua para los turistas que subían en busca de fotos, vídeos, queso y folklore; música, bailes y talleres para los más pequeños. Pero algo raro pasó ese mismo año: las cabras dejaron de dar leche. No todas, pero sí las más viejas, las que llevaban generaciones en el mismo lugar.

—Es brujería —decía uno.

—Es el tiempo, el cambio climático —decía otro.

—Son cosas de los de Gáldar que nos tienen manía —murmuraban las queseras.

Pero Sofía conocía la verdad.

Una tarde, mientras jugaba sola sentada en la puerta de su casa, se acercó paseando al campo de fútbol. Se sentó allí, en la mesa de madera, en silencio, y esperó. Entonces, una cabra, la más vieja del pueblo, una de las de Narciso, se le acercó.

—No es que no queramos dar leche—le susurró la cabra con voz ronca—. Es que nos falta una cosa.

—¿El qué? —preguntó ella.

La cabra ladeó la cabeza y señaló, con un leve gesto de orejas, hacia el monte.

Esa noche, Sofía se escabulló de casa y subió sola por la loma. Llevaba una cesta pequeña, una manta y una ramita de albahaca. Buscaba algo sin saber muy bien el qué, hasta que, justo antes del amanecer, encontró una roca tallada a mano, oculta entre un montón de tuneras. Era una especie de altar antiguo, cubierto de líquenes.

Recordó lo que le contaba su abuela: que en tiempos antiguos, las queseras dejaban una ofrenda a la montaña antes de la fiesta. Una tradición olvidada ya, borrada por el uso de los móviles y las redes sociales. 

Sofía colocó sobre la piedra un trozo de pan, un poquito de queso y la ramita de albahaca. Luego, cerró los ojos.

—Que la montaña recuerde y la leche vuelva a fluir —susurró.

Al día siguiente, el milagro ocurrió: las cabras volvieron a dar leche. Los calderos se llenaron y las queseras lloraban de alegría viendo rebosar sus moldes.

Nadie supo por qué había ocurrido ni cómo. Pero algunos juraron haber visto a Sofía caminando hacia el risco seguida de la vieja cabra de Don Narciso. 

Desde entonces, cada año, antes de comenzar la fiesta, alguien —nadie sabe quién— deja una pequeña ofrenda en lo alto del risco. Una ramita de albahaca, un trocito de queso y unas rodajas de pan.

Por si acaso.


Un amor prohibido - relato presentado a la revista digital Amalgama de letras

Axel y Aroa se conocieron en una fiesta de verano a la que ninguno quería ir. Entre luces de colores, música de los 90 y cervezas sus mirada...