04 octubre 2025

Un amor prohibido - relato presentado a la revista digital Amalgama de letras


Axel y Aroa se conocieron en una fiesta de verano a la que ninguno quería ir. Entre luces de colores, música de los 90 y cervezas sus miradas se cruzaron. Ninguno creía en el destino, sino más bien en las casualidades. Sin embargo, aquella noche había ocurrido algo. Sus ojos no podían dejar de buscarse, sonriendo cada vez que se encontraban. Lástima que Aroa fuese la novia de uno de sus mejores amigos.

Mario se sentía feliz, había conocido a una chica fantástica hacía un mes y hoy, se la presentaba a sus amigos en la fiesta. Axel trató de ignorar que Aroa era aquella chica, pero no podía dejar de mirarla. 

Puede que el destino tuviese mucho que ver, pues la semana siguiente, la veía en todas partes: en el super haciendo la compra de la semana, en la biblioteca estudiando, en el gimnasio haciendo pesas, en la estación de metro…y en cada uno de esos encuentros casi clandestinos se fueron sintiendo cada vez más perdedores de aquella absurda batalla. Una sonrisa robada aquí, un tímido hola en la cafetería, una conversación demasiado larga allá, un beso robado en una esquina oscura…

Pasaron semanas encontrándose en secreto, disfrutando de lo que pensaban que acabaría en desastre, debatiéndose entre la lealtad a Mario y la pasión incontrolable que los invadía en cada encuentro; con el miedo a las críticas, pero las ganas locas de querer tocarse. 

Pero ya era demasiado tarde. El terreno ya no era pantanoso, sino puro fango. Sentían amor cada vez que se miraban y lloraban desconsolados en cada despedida, por lo que decidieron hablar con Mario. 

Pi pi pi pi, pi pi pi pi. Son las seis de la mañana y suena el despertador. Axel se levanta sudoroso en su casa de campo. La cabeza le da vueltas y siente la boca seca y la lengua pesada. Desorientado, trata de adaptar su vista a la claridad de la mañana y recordar lo que había hecho la noche anterior. 

De repente recordó su nombre: Aroa. La chica más bonita de la fiesta. La novia de su amigo Mario. 

Axel, confundido, se lava la cara pensando que, al menos por una noche, había sido el hombre más feliz del mundo. Se puso la ropa de deporte y salió a correr. Con suerte, el destino volvería a ponérsela en el camino. Y si no, esa noche volvería a soñar cómo sería su vida junto a ella. 


La vida y el amor - relato publicado en Magazine Norte GC el 28 de septiembre 25



La vida es como un río, nunca se detiene. A veces tiene más caudal, sus aguas son más claras y ligeras, fáciles y agradables de beber; otras veces, sin embargo, su caudal disminuye, el agua se vuelve turbia ya arrastra hojas secas, ramas rotas y el peso de todo lo que se ha limpiado en ella. Nadie tiene control sobre su cauce, pero todos controlamos la manera y el momento en el que nos acercamos a él: con miedo a resbalar, caer y mojarnos o con fuerza, valentía y decisión para sumergirnos en él. 

El amor, en cambio, casi todos lo vivimos y sentimos igual, aunque a veces nos duela. El amor es ese sentimiento que nos arropa y nos calienta en las noches frías, el que nos hace arder de manera suave, reconfortante, como un abrazo que nos acompaña siempre y nos hace sentir bien, nos ilumina y nos hace brillar. No hay manera de evitarlo, pero tampoco de retenerlo, porque no se ata; se respeta, se cultiva y se comparte. 

Ambos, vida y amor, se parecen más de lo que creemos. Los dos son impredecibles, tormentosos y frágiles, pero a la vez infinitamente poderosos y emocionantes. Nos invitan a dejarnos llevar y a perder el miedo a caer, a sufrir y a equivocarnos. Llegan a nosotros para recordarnos que, a cada momento, en cada instante, la verdadera riqueza está en lo vivido y cultivado, no en lo acumulado. 

Porque al final del camino, cuando todo se acaba, nadie se lleva más que aquello que ha sentido y llenado su alma. El amor que damos, la intensidad con la que amamos, los gestos sinceros, las veces que damos luz y ayudamos a los demás a brillar, es lo que queda en la memoria de los que aquí se quedan. Por eso, cuando la vida nos parezca pesada, aburrida o injusta, conviene recordar que nosotros mismos la hemos elegido y no hemos venido a ella a entenderla, sino a vivirla intensamente y amar y ser amados. 

La niña que guardaba su sonrisa en el bolsillo - Relato publicado en Infonorte digital el 21 de septirmbre 2025


Así era Wendy, de aspecto infantil, con cabellos rosados y suaves como hilos de seda y unos grandes y curiosos que miraban con ganas de aprender. Todos la conocían por su sonrisa, decían que era la más luminosa del lugar y que, hasta incluso, podía encender con ellos viejos faroles apagados. Su sonrisa se escuchaba en cada calle del pueblo y con ella hacía que los demás olvidasen sus penas. 

A su lado siempre estaba su mejor amigo: Tolo, un perrito pequeño, inquieto, peludo y de orejas juguetonas que extendía al correr, pareciendo que volaba. Nunca nadie supo de dónde y cuándo apareció Tolo, pues nunca nadie lo vio perdido por las calles y no conocían quién hubiera tenido perro antes. Simplemente, un día Wendy lo encontró junto a su puerta al llegar de la escuela. Como si hubiese estado allí, inmóvil, esperándola. Y desde entonces, se volvieron inseparables. 

Lo curioso, era lo que Wendy iba contando a los habitantes del pueblo: decía que en el único bolsillo de su camiseta guardaba la mayor de sus sonrisas, esperando a salir delante de quien más la necesitara. Era invisible, nadie la podía ver, excepto ella, que la guardaba con cuidado junto a su corazón. A veces, cuando notaba que alguien estaba triste, le gustaba meter la mano  en el bolsillo y ofrecer un poquito, pero solo un poquito, de su sonrisa, como quien reparte caramelos a los niños en la cabalgata de navidad.

—Mi sonrisa nunca se acaba —le explicaba a su perro mientras acariciaba sus orejas—. Al contrario, cuanto más la comparto, más crece.

Tolo movía la cola dando a entender que la entendía. 

Una mañana de invierno, el cielo amaneció completamente encapotado, repleto de unas nubes tan densas que no dejaban asomar la luz, dejando las calles del pueblo sumida en la oscuridad. Ese día nadie quería salir de sus casas, andaban tristes y cabizbajos mirando tras el cristal de las ventanas, sin un atisbo de sonrisa en el rostro. Wendy no podía soportar tanta tristeza y no estaba segura de que su sonrisa mágica alcanzara para todo el pueblo pero, aún así, respiró profundo, metió la mano en su bolsillo y, con una amplia sonrisa, comenzó a arrancar pedacitos invisibles de su sonrisa imaginaria. 

Anduvo durante un rato visitando cada casa de cada calle, llamando a las puertas de los vecinos, repartiendo sonrisas limpias y brillantes, iluminando cada rincón del lugar. 

Rápidamente el eco de su alegría empezó a rebotar en las paredes contagiando a todo aquel que se topaba con ella, mientras que su perrito la acompañaba saltando y ladrando loco de contento por saberse parte de ese intento de salvar al mundo. Poco a poco, las nubes comenzaron a disiparse, y donde antes había oscuridad, apareció un cielo azul tan claro que todos levantaron la cabeza y suspiraron de alivio.

Esa noche, mientras la niña abrazaba a su perro y miraba las estrellas, susurró:

—Prometamos que nunca dejaremos de reír, porque el mundo necesita más luces como la nuestra.

El perro apoyó su hocico en su regazo, y justo entonces una estrella fugaz cruzó el cielo. Algunos dicen que aquella estrella era la prueba de que el universo había escuchado su promesa.

Desde entonces, cada vez que un niño ríe de verdad, un brillo nuevo aparece en el firmamento, recordándonos que la risa de los inocentes es la magia más poderosa que existe.

el pasillo azul - relato publicado en Magazine Norte el 16 de septiembre de 25



Mi hospital, a cierta hora, se convierte casi en otro mundo: uno paralelo donde suceden cosas que nunca nadie me creería.

Aquel turno no fue el primero, pero tampoco el último. El reloj del office marcaba las tres de la madrugada, y el silencio invadía cada rincón siendo interrumpido únicamente por el zumbido eléctrico de las máquinas, las luces del techo y el eco lejano de algún carro de limpieza. 

Y allí estaba yo: sentada en la camilla, con la mascarilla aun puesta cubriéndome el rostro, la mirada perdida en el suelo y el cansancio marcado en mi rostro. Ya no aguantaba más el peso de la noche sobre mis hombros. Llevaba varias horas de guardia y lo que mantenía despierta no era el café, sino las historias que vivía y repetía cada noche, acumuladas todas en cada uno de los pasillos del enorme hospital.

Estos pasillos, azules y desgastados, habían visto las dos caras de una misma moneda: la vida cuando llega y también cuando se va. En ellos se habían sujetado miles de manos temblorosas, se habían dado buenas y malas noticias, se habían cobijado a quienes celebraban entre abrazos y se rompían entre sollozos. Muchas esperanzas, cientos de secretos y palabras que ocultaban la verdad evitando herir. 

En mi bolsillo, mi cuaderno de notas favorito esperaba a ser consultado hasta que un movimiento captó mi atención. En el extremo del pasillo, junto a la puerta entreabierta de la sala de aislamiento y los ascensores con conexión directa a quirófano, había un hombre vestido con una bata blanca. Llevaba el cabello recogido bajo un gorro, las manos en los bolsillos y caminaba lentamente hacia mí. No hacía ruido, sus pasos no se escuchaban, pero no dejaba de avanzar. 

Restregué mis ojos en un intento de ver con mayor claridad de quién se trataba pero, él ya no estaba allí.

Mi corazón entró en modo defensa, la piel erizada me avisaba de que algo no iba bien y mis sentidos despertaron de golpe. No era la vez que me sucedía algo así. Desde hacía ya algún tiempo, cuando todo se quedaba en penumbra, y el ritmo frenético de los días se atenuaba, sentía que las paredes dejaban salir las que, hasta ese momento, habían sido solo presencias invisibles. Pacientes que nunca se fueron del todo. 

Saqué mi cuaderno de notas y escribí: 

“Una noche más, en este enorme y solitario pasillo, la vida y la muerte se dan la mano en silencio. Y yo vuelvo a ser testigo de ello.”

La informante - relato publicado el 7 de septiembre 2025 en Magazine Norte de GC


Toda la sala estaba en penumbra, lo único que iluminaba la mesa era el titilar de un vela... negra. La médium, como siempre en cada una de sus sesiones, tenía las manos colocadas sobre el planchette de la ouija, los ojos cerrados y respiraba de manera pausada y profunda.

Ya había perdido la cuenta del número de veces que había hecho aquello, pero esa noche la sensación que le recorría el cuerpo y se le instalaba en la nuca era diferente. Notaba el aire más pesado, más denso, como si el espíritu, antes incluso de dar inicio a la sesión, ya la estuviera esperando impaciente al otro lado. 

Bajo sus dedos, la planchette comenzó a moverse, y las letras empezaron a cobrar vida. Al principio de manera lenta, pero después urgentes, deletreando un nombre que le heló la sangre: Heriberto. Lo recordaba bastante bien: era el niño que había desaparecido hacía ya un año sin dejar rastro y por el que tantas veces le había preguntado su tía, amiga suya desde la infancia. 

—¿De verdad eres tú?— susurró.

El planchette respondió bruscamente: sí. 

Y entonces, se sucedieron las frases largas, encadenadas unas con otras, casi con desesperación. El espíritu de Heriberto le contó el lugar exacto en el que se encontraba su cuerpo, ya en descomposición, enterrado bajo el viejo puente; quién lo había llevado hasta allí, aquel vecino suyo al que todos consideraban intachable; cómo había sido engañado, con la promesa de sus golosinas favoritas; y, sobre todo, por qué él. 

No pudo evitarlo y comenzó a llorar. Había visto y oído muchos tipos de espíritus durante sus años como médium, pero jamás se había encontrado con uno tan pequeño que hablara con tanta claridad y le provocara tanto dolor. 

A la mañana siguiente, acudió a la comisaría nada más levantarse a sabiendas de que nadie la creería. El inspector de homicidios la miró con recelo cuando le contó a qué se dedicaba, pero la precisión de los detalles y la emoción que la embargaba le obligó a comprobarlo. Encontraron el cuerpo en el mismo lugar que ella describió y, junto a él, pruebas que señalaban al vecino que había señalado. 

La prensa lo llamó “milagro”, pero la policía sabía que aquello había sido algo más misterioso. Nadie lo admitió en voz alta pero, pese a ello, la contrataron como “informadora profesional” llevándola con ellos en cada uno de los casos en que era necesaria su presencia. Aquella mujer era capaz de abrir puertas donde otros solo veían paredes de hormigón, y no podían desaprovecharla. 

Cada noche, desde aquel día, la médium encendía una velita en honor a Heriberto siempre que llegaba a casa. No podía devolverle la vida, pero había cumplido con él contando su verdad. Y ahora, más que nunca, apreciaba su don. Ya no solo se dedicaba a ayudar a las personas que acudían a ella en busca de respuestas, sino que también proporcionaba un puente entre la justicia de los vivos y la voz silenciada de los muertos. 

Una lista para mañana - Relato publicado en Magazine Norte GC el 1 de septiembre 25


Aquella lista apareció por debajo de mi puerta de repente, alejándome del olor a pan recién hecho que salía de mi horno. El papel era cuadriculado, como el que yo solía usar en mi cuaderno de recetas, y la letra, demasiado parecida a la mía: gofio, tomates, un paquete de velas blancas, pilas AAA, cinta aislante y un paraguas. Debajo, una postdata: “No vayas por la calle principal. Vete por la de atrás.”

Lo primero que pensé es que mi vecina, Doña Elvira, me estaba gastando una broma. ¡Era tan divertida! Así que decidí seguirle el juego. Cogí mi bolsa de tela y bajé a por las cosas de la lista. En la calle el cielo lucía bajo la ya habitual calima de verano que no deja ver el sol en su esplendor, aunque se logra intuir allá al fondo, redondo, borroso y a los lejos. 

Entré en el Hiperdino y compré. El cajero me miró con cara rara cuando me vio coger el paraguas de la zona de productos en oferta y no pudo más que echarse a reír teniendo en cuenta el bochorno del exterior. Sin embargo, al salir, caprichoso el clima y cambiante el alisio, el tiempo dejó de ser el mismo: una gota, después dos, luego diez y, sin apenas darme cuenta, una tromba de agua me cayó encima. 

Miré hacia atrás y le sonreí al cajero. En la puerta un niño lloraba por no querer mojarse. Le presté el paraguas y su madre me dio las gracias.

De vuelta a casa, cogí por la calle de atrás obedeciendo la orden de la postdata anónima. Casualidad o no, justo en ese momento, en la calle principal por la que solía pasear cuando iba al supermercado, se oyó un golpe: una guagua que frenó tarde y convirtió la tarde en tragedia con el sonido de un crujido metálico de fondo. Mi corazón salió con fuerza y yo seguí caminando. 

Nada más abrir la puerta, la luz del salón me recibió parpadeando para, acto seguido, dejarme completamente a oscuras. Las velas que compré me sirvieron de luz improvisada y,  a falta de televisión, mi antigua radio cobró vida gracias a las pilas AAA recién adquiridas. De ella, sin saber muy bien cómo y por qué, surgió la preciosa voz de mi abuela cantando una folía. La pusieron en honor a las grandes artistas canarias que tantos buenos momentos repartieron en su época. 

Afuera el tiempo seguía empeorando: la lluvia no paraba y el viento se volvía cada vez mas agresivo haciendo que la ventana del salón no dejara de temblar. Menos mal que mi padre me enseñó que con cinta aislante todo tiene solución. Y yo acababa de comprar una...

Mientras esperaba a que la tormenta amainase y todo volviese a la normalidad, me preparé una ensalada de tomate acompañada de gofio amasado con plátano, como el que me hacía mi abuelo para merendar. 

Curiosa por los acontecimientos, me senté y estudié la lista con más detenimiento. La letra inclinada hacia la derecha, la forma de la “g”, el modo de plegar el papel...Todo era tal y como yo lo hacía. Aquella nota no podía ser una broma de la vecina. 

Un pensamiento me inundó la mente: ¿y si mi yo de mañana quiso dejarme un mensaje sabiendo lo que me iba a pasar?

Cogí una de las velas y me acerqué a la mesa de trabajo. Busqué un cuaderno, arranqué una hoja y escribí con calma: limón, tiritas, foto del muelle, monedas para la fuente. Postdata: No olvides llamar a Elsa. Ella hoy te necesita.

Doblé el papel cuadriculado en cuatro y lo dejé en el suelo, junto a la rendija de la puerta, justo en el lugar en el que encontré la otra. Un segundo después, casi sin que me diera tiempo a parpadear, una brisa se coló en el interior y tiró de la nota hacia afuera, haciéndola desaparecer ante mis ojos. No sé cómo explicarlo pero, en mi cabeza se coló la idea de unos dedos fríos tirando de ella y arrastrándola hacia otro tiempo. 

La luz llegó tal y como se había ido: sin precio aviso. La lluvia cesó y ya era momento de apagar las velas. Mientras me dirigía a apagar la radio para volver a mi tan ansiada tele, ésta cambió de estación. De ella ya no se escuchaban isas y folías, ahora lo que sonaba era mi propia voz, mi voz del pasado dirigiéndose hacia mí para agradecerme entre susurros la nota que le había dejado por debajo de la puerta. Y es que, a veces, la vida solo necesita una lista que cosas por hacer y poco de fe en el destino. 

El cielo guarda un secreto - Relato publicado en Magzine Norte de GC el 26 de agosto de 2025



Ya desde el inicio de todos los tiempos, el Sol y la Luna se amaban en silencio. Él, ardiente, brillante y apasionado, pasaba los días iluminando al planeta, aportando calor y vida a quiénes lo habitaban. Ella, serena, calmada y plateada, se contentaba admirándolo desde la distancia, reflejando en sí misma , toda la luz que él amablemente le regalaba.

¡Qué caprichoso el destino que, aun amándose con admiración, orgullo y respeto, no los dejara estar juntos! Cuando él despertaba y asomaba los primeros destellos de su tan bonita y cálida luz, ella debía dormir llevándose consigo, como buena guardiana, los sueños y deseos de la humanidad. Eran dos amantes que apenas tenían tiempo de rozarse, aprovechando para ellos los pocos minutos que separaban el amanecer del crepúsculo.

Aún así, aunque únicamente pudieran disfrutar de esos momentos fugaces, los aprovechaban al máximo haciendo que hasta incluso el cielo se tiñera de fuego y plata, y el universo entero se estremeciera ante tal bello espectáculo de luces y colores. Los humanos decidieron ponerle nombre a esos momentos llamándolos “amanecer” y “atardecer”, sin ni siquiera sospechar que dos almas celestes intercambiaban besos furtivos y casi robados. 

El molino que no dormía - Relato publicado en Magazine Norte GC 18 de agosto 2025



Aquel desierto parecía un desierto de molinos abandonados. Nadie recordaba el momento en el que dejaron de girar y fueron apartados allí, pero lo que sí sabían es que, cada noche, justo antes de que el sol diera la bienvenida a un nuevo día, uno de ellos comenzaba a crujir intentando mover sus aspas ya oxidadas. 

En el pueblo todos decían que justo allí, junto al viejo molino que intentaba volver a la vida, fue donde desapareció Olivia. La policía le dijo a sus padres que habían encontrado su bicicleta roja apoyada junto a la que una vez fue la puerta de entrada, pero dentro no encontraron ningún rastro de ella. Tampoco habían marcas de lucha o señales que indicaran un intento de huída. 

Lo único que quedaba de ella era aquella bicicleta roja... y el eco del susurro de su nombre en las noches de luna llena.

Pese a su trágica desaparición y los siguientes días de ajetreo con tantas idas y venidas de medios de comunicación, el pueblo se acostumbró a vivir con su ausencia e, incluso, comenzaron a sentirse cómodo ante los extraños susurros que de allí procedían de vez en cuando. Hasta que una noche, un grupo de jovenes atrevidos, decidieron invocar a su espíritu y documentarlo para subirlo a las redes. 

“No puedo salir. No me dejéis sola.”

204 Pasos - relato presentado al XV Certamen de microrrelatos de San Fermín



Dicen que escapaba de mí, echando a correr; aunque, la verdad, yo solo quería darle alcance.

A su vera iba, como cada siete de julio desde que tengo memoria. Él, impávido, miraba al frente, mientras el asfalto de Estafeta retemblaba con cada pisada.

Mi viejo no corría movido por la fe ni por votos. Lo hacía por puro amor. A esta celebración, a su gente, a la vida misma.

Este año, la papeleta me había tocado a mí.

Llegué a la curva de Mercaderes sin volver la vista atrás. Oía los golpes de los cascos, el aliento, el pánico y la alegría entreverados en un mismo palpitar.

Corrí. Por él. Con él.

En mi pañuelo, cosido a mano, la fecha de su última carrera.

En mi alma, la promesa de repetirla cada año hasta que las fuerzas me abandonen.

Hoy hice 204 pasos corriendo.

Exactamente lo que medía su tranco desde la Cuesta de Santo Domingo hasta la plaza.

Y al rebasar la valla, puedo jurar que lo noté.

A mi lado.

Como siempre.

Otoño - relato publicado en Infonorte digital el 1 de octubre 25


El banco de la plaza en el que solía sentarme cada tarde estaba cubierto de hojas doradas, el aire olía a madera recién cortada y los últimos rayos de sol iluminaban la pared de la iglesia haciéndola aún más hermosa de lo que era. Era el momento perfecto para componer.

Llegué, me senté y saqué mi guitarra, buscando en mi interior un lugar tranquilo en el que conectar con mi alma y dejar que las notas fluyeran a través de mis manos. Ni siquiera me percaté de cuánta gente había a mi alrededor. Nunca he necesitado público para tocar, ni aplausos, ni grandes escenarios. Solo ese instante en el que el entorno despertase mi inspiración: el viento acariciando mi piel, una luz tenue filtrándose entre los árboles, pájaros que guardan silencio atentos a tu música, el crujido de las hojas secas bajo las botas, el latido acompasado del corazón ante la emoción de haber encontrado el momento...

Esa tarde toqué y canté a la vida, a los abrazos que curan, a los amigos que siempre están, a los sueños que nunca se rinden, al amor. Y cuando terminé, cerré los ojos agradecida y sonreí, convencida de que la felicidad estaba allí, en aquel momento tan simple, en aquel entorno tan sencillo, conmigo. 

Y comprendí que hay momentos que no necesitan nada extraordinario para convertirse en eternos. 

Un gran regalo - relato publicado por Infonorte digital el 17 de septiembre 25


Por fin el sol comenzaba su descenso hacia las montañas, tiñendo el cielo de una mezcla de colores intenso y brillantes: dorado, naranja, rojo... La brisa de las palmeras le acariciaba el rostro mientras ella paseaba despacio, por la orilla de la playa, dejando que el final de las olas del mar le rozara ligeramente los dedos de los pies. Lento, como si el tiempo se estuviera deteniendo y la vida le estuviera concediendo unos minutos más para parar y coger aire. 

Llevaba puesta una blusa blanca con flores de colores bordadas que parecían sacadas de un jardín de cuento. Su mirada, tranquila y serena, hablaban en silencio, contando historias de amor y tristeza sin necesidad de palabras. Andaba sin rumbo, sin un objetivo definitivo y, sin embargo, todos los que la miraban desde la arena tenían la sensación de que buscaba algo. Puede que a sí misma. 

Una anciana que vendía las últimas flores que le quedaban en un puesto improvisado en mitad de la avenida la miraba con detenimiento, murmurando para sí: “ella está escuchando lo que el mar tiene que decirle.”

Ella, ajena a todo, seguía caminando, sonriente absorta en cada una de las emociones que el mar, la brisa del viento y el cálido atardecer le regalaban. No sabía que a su alrededor el mundo se detenía y todos las miraban. Los niños dejaban de volar sus cometas, las conversaciones se volvían susurros, las gaviotas ya no volaban y hasta el viento dejaba de jugar con su pelo. 

Ella ya no pertenecía a aquel lugar. Ahora formaba parte del mar, de la arena, del aire, del sol, de las montañas... Nunca nadie volvió a verla, pero todos los que allí estuvieron guardarían para siempre su imagen en su memoria.

Todavía hay quienes dicen que si miras durante unos segundos hacia un punto fijo, en el horizonte, puedes ver su silueta reflejada y, cuando cae la noche unas luces brillantes surgen de lo profundo del mar y revolotean hasta la orilla hasta fundirse con la arena. Y entonces, las palmeras, comienzan ese precioso baile, mecidas por el viento, haciendo que todo aquel que pasee por la orilla entienda el regalo que nos da la vida cada día.

La niña de las trenzas doradas - relato publicado en Infonorte digital el 24 de septiembre 25


Notaba cómo el frío del cristal le atravesaba frente, pero poco le importaba. Ya había perdido la cuenta de las horas que llevaba allí, tras el cristal, esperándole. En cualquier momento lo vería aparecer tras aquella esquina, porque sí, porque se lo había prometido y las promesas nunca deben romperse. 

El mundo al otro lado del cristal se mostraba intenso, lejano, desconocido, y aun así, ella seguía allí, quieta, expectante, con sus trenzas doradas cayéndole sobre los hombros, inmóviles, como ella. 

Mamá solía decirle que ella también llevaba trenzas a su edad y que la abuela le contaba siempre lo mismo: que en cada una de ellas se entrelazaban muchas historias, relatos sobre personas, momentos y lugares del pasado y del futuro unidos por un mismo hilo que los mantenía conectados. 

“No tengas prisa por desatar todos los nudos de tu vida”, le decía mientras la peinaba. “Solo el tiempo sabe cómo y cuándo deshacerlos.”

Aquella tarde, la niña pensaba en su abuela, en lo que ella le habría dicho si la viera en aquella ventana, esperando, durante tanto tiempo. El aire del exterior se colaba por la rendija abierta de la ventana moviendo suavemente las cortinas y dejando que el olor a lluvia recién caída invadiera la habitación, como siempre que llovía. Pero aquel día no era uno cualquiera; lo presentía en lo más profundo de su ser, lo notaba en el alma. 

De repente, un reflejo en el cristal llamó su atención. Un reflejo que no era el de su rostro. Una silueta difusa, grande, casi traslúcida, brillante como el dorado de sus trenzas y con los mismos ojos expectantes que ella. La niña no huyó, no se asustó, ni siquiera se movió; al contrario, levantó su mano y la apoyó en el cristal, en el reflejo que veía detrás de ella. La silueta hizo lo mismo.

—Eres tú... —susurró. 

El reflejo no contestó con palabras. Simplemente, sonrió. Y justo en ese instante, ella lo supo. Él nunca aparecería tras aquella esquina, porque ahora él estaba aquí, junto a ella. Y nunca más se sentiría sola. 

El dorado de sus trenzas se volvió más intenso, brillando aún más con los últimos rayos de sol del atardecer. Afuera, el silencio.

Él - relato publicado en Infonorte digital el 10 de septiembre 2025



Allí está, de pie frente al mar, en mi playa, mi lugar de paz. La brisa enreda su cabello y lo hace sexy, con su ya habitual postura de calma que tanto le caracteriza. No es un chico cualquiera; su presencia desata mi caos y me desarma. Y así ha sido desde el primer día que lo vi, como si la vida, cansada de hacerme esperar, por fin me premiara. 

Él no lo sabe —o sí—pero no solo yo lo adora. Ella también lo hace. Siempre tuve claro que ambos ya se conocían, puede que quizá de otra vida. Ella es parte de mi, la parte más importante de hecho, una que nunca supe bien cómo encajar en una historia de amor sin que doliera. Hasta que llegó a nuestra vida, momento en el que, de pronto, todo cobró sentido. 

Aquella tarde sentí que el corazón se me encogía y se expandía al mismo tiempo ante la absoluta certeza de que llegaba para quedarse. No era perfecto, nunca lo idealicé. Era, simplemente, real. Con sus defectos, sus miedos y sus silencios, pero con una forma de ser y estar que me hacía respirar tranquila, como en casa. 

Una bola de arena después... y se quedó para siempre. Sin necesidad de grandes promesas ni cuentos de hadas. Sólo risas compartidas, paseos a los hombros, roscas en el salón y atardeceres en la montaña. Sus manos pequeñas, desde entonces, siempre buscan las suyas y él, me busca a mí. 

Y ahora, ahí está, frente a la orilla, en mi playa, señalando la cantidad de capítulos que aun nos quedan por escribir: de amores que no arrastran sino sostienen, de emociones a flor de piel, de miradas que se buscan y lugares que se convierten en hogar... si estamos los tres.

La voz del barranco - Relato publicado en Infonorte digital el 27 de Agosto de 2025



Nadie en el pueblo entendía por qué Gregoria recorría cada tarde el barrando de Guayadeque. Cuando le preguntaban por qué siempre hacía el mismo recorrido, ella decía que allí el aire era diferente, más pesado y con más significado, que entre sus paredes de roca se sentía segura y que allí la naturaleza le guardaba sus más íntimos secretos, secretos que solo revelaba al caer el sol. 

Aquel mágico lugar, mitad santuario natural, mitad refugio de grandes historias de la antigüedad, parecía tener vid propia y latir bajo sus pies. Allí el murmullo del viento se mezclaba con con el canto alejando de un timple que, según los vecinos, nadie más escuchaba, excepto ella. Salvo que el barranco quisiera hablar contigo que entonces te lo hacía saber con lindas notas y olor a eucalipto.

Una tarde de verano, cuando el cielo estaba bañado de colores anaranjados, Gregoria se detuvo ante una de las tantas cuevas que existían. Allí, el sonar de las notas se escuchaba de manera más clara que nunca. Pero esta vez, no parecía ser el sonido de un timple, sino la voz de alguien mayor entonando folías antiguas que hablaban de aborígenes, de luchas perdidas, de la lava del volcán y la salitre del mar pero, sobre todo, de amores que nunca llegaron a encontrarse. 

Cerró los ojos un instante, y se dejó llevar por la melodía imaginándose a sí misma vestida con pieles marrones y desgastadas, portando un cuenco de barro con millo y una mirada serena. Esa mujer, ella, se decía:

—Siembras memoria cada vez que escuchas. Nunca te olvides de quiénes fuimos. 

Cuando abrió los ojos, su corazón latía acelerado. En el barranco reinaba un silencio inusual, como si nada hubiera pasado, como si todo se lo hubiera inventado. Desde entonces, cuando alguien le preguntaba por qué caminaba cada día hasta allí, hasta esa parte del barranco, ella sonreía y respondía:

—Porque en Gran Canaria, hasta las montañas hablan. Solo hay que saber escucharlas.

Un pacto entre estrellas - Relato publicado en Infonorte digital el 3 de septiembre 25


Hay quienes dicen que cada uno de los seres humanos que habitan en la Tierra, llegan a ella con un mapa del destino, ya escrito, y oculto a los ojos de los que no están preparados para ver. Pero este mapa ni está escrito en papel ni escondido sino, al contrario, está dibujado en la bóveda celeste pudiendo verse con tan sólo un vistazo hacia arriba. 

Carla lo descubrió una madrugada, cuando el insomnio la llevó a dar una vuelta por el jardín, descalza, sintiendo la humedad de la tierra bajo sus pies. Sentada bajo el viejo árbol que plantó su bisabuelo, suspiró mirando al cielo y descubrió el hermoso techo que la cubría bañado de estrellas. 

La luna, en cuarto creciente, parecía observarla con un ojo entreabierto y, los planetas, los puntos más brillantes e inmóviles, se alineaban como guardianes en fila y en silencio. 

Observándola. Protegiéndola. 

Justo en ese momento, en el que sentía cómo su alma comenzaba a sonreír reconociendo su lugar de origen, Carla sintió una voz clara saliendo de su interior:

—Tu alma viaja desde antes de tu nacimiento, saliendo y volviendo a casa, una y otra vez. Los astros no deciden tu destino, solo lo recuerdan.

Intrigada, y emocionada, Carla buscó respuestas en los viejos libros de astrología que guardaba su abuela en la estantería del salón. Entre todas las páginas amarillentas encontró un pergamino con su nombre escrito y la fecha exacta de su nacimiento. Su carta natal estaba allí, con símbolos que parecían palpitar bajo la luz de la vela.

Saturno, severo y sombrío, marcaba su vida con pruebas de disciplina. Venus, le prometía amores intensos, aunque efímeros. Y Neptuno, escondido en la duodécima casa, le hablaba de un don oculto: la capacidad de ver lo que otros no podían.

La noche siguiente pudo dormir, pero la pasó soñando con una mujer que llevaba puesto un vestido de estrellas, cuyo rostro cambiaba con  el paso de cada una de las constelaciones. La mujer, al verla, le tendía un espejo de obsidiana en el que podía ver reflejados todos sus posibles futuros: uno en soledad, otro en plenitud, otro en el que caminaba entre mundos.

—El universo está dentro de ti —susurró la mujer—. No lo olvides: lo que ves arriba es solo el eco de lo que llevas en el alma.

Al despertar, Carla comprendió el verdadero propósito de su alma y su pacto con el universo. Y así, cada día, mientras el sol ascendía por el horizonte, ella se aseguraba de leer la posición de los astros para poder entender las emociones más profundas de sí misma.


Nieve y chocolate - Relato publicado en Infonorte digital el 20 de Agosto de 2025


El crujido de la nieva bajo sus recién estrenadas botas era lo único que rompía el silencio en aquel bonito paisaje mientras Luna se acercaba al hotel en el que se hospedaba en la montaña. Al acabar el verano,  tras haber superado su divorcio, había decidido realizar aquel viaje sola, algo que nunca antes se había atrevido a hacer sin la compañía de su marido. Su vida, durante el último año, parecía haberse convertido en un carrusel de emociones que giraba demasiado rápido: mucho trabajo, demasiados compromisos, cero expectativas, innumerables días de soledad. Necesitaba bajarse, respirar y sentirse bien consigo misma al menos por una vez. 

Al llegar al hotel, un edificio pequeño pero acogedor, de madera oscura y grandes ventanales con vistas hacia la montaña, sintió una calma que hacía mucho tiempo no experimentaba. Una vez instalada, bajó al salón principal con su libro favorito en una mano dispuesta a dejarse embriagar por el cálido entorno. Allí, el fuego que chisporroteaba en la chimenea, llenaba el espacio con un calor envolvente que, junto a la increíble vista que se divisaba tras la ventana, confería un cierto toque de magia al salón. 

Se dirigió al camarero para pedir chocolate caliente y se sentó junto al sillón vacío del rincón. A fuera, los copos de nieve caían con una elegancia hipnotizante, como si el mundo pasara a cámara lenta para darle la bienvenida, mientras las montañas se mantenían inmóviles frente al paso del tiempo. 

Luna rodeó la taza caliente con sus manos aferrándose fuertemente a ella y dejó que el dulce aroma del chocolate la reconfortara a la vez que divagaba entre sus pensamientos. Reflexionó sobre su vida como mujer casada, sus éxitos profesionales, sus amistades. Se entristeció al pensar que hasta ahora todo había girado entorno al prójimo, hacia lo que los demás esperaban de ella, hacia lo que debía hacer. Sin embargo, ahora, en ese preciso momento, ya no habían exigencias. Solo estaba ella, el chocolate caliente, el silencio y la nieve. 

“¿Cuánto de lo que hago lo hago por mí?”, pensó. 

Había pasado años construyendo una carrera que le gustaba, pero que no la llenaba. Había mantenido relación con un hombre que la acompañaba, pero con el que no conectaba. Sonreía con quienes decían llamarse amigas, pero que nunca celebraban sus victorias. Y fue ahí, sentada en aquel salón tan acogedor, frente a la inmensidad de las montañas, donde sintió cuán pequeña era y cuán pequeño era todo en comparación con la vastedad de la vida. 

El chocolate caliente dejó un rastro dulce en su lengua, y Luna cerró los ojos por un momento, escuchando el crujido de la leña en la chimenea. Se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba presente. No estaba pensando en lo que debía hacer mañana ni en las decisiones que había postergado. Estaba simplemente ahí, viviendo.

Cuando abrió los ojos de nuevo, un pensamiento cruzó su mente con una claridad inesperada: la vida no se mide por los logros ni por las expectativas cumplidas. Se mide por los momentos como ese, por los pequeños instantes de conexión con uno mismo, por las pausas en las que podemos escucharnos y entender quiénes somos de verdad.

La nieve seguía cayendo, y Luna sonrió para sí misma. No tenía todas las respuestas, pero tampoco las necesitaba pues por fin, en su interior, se sentía preparada para empezar de nuevo. 



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