El banco de la plaza en el que solía sentarme cada tarde estaba cubierto de hojas doradas, el aire olía a madera recién cortada y los últimos rayos de sol iluminaban la pared de la iglesia haciéndola aún más hermosa de lo que era. Era el momento perfecto para componer.
Llegué, me senté y saqué mi guitarra, buscando en mi interior un lugar tranquilo en el que conectar con mi alma y dejar que las notas fluyeran a través de mis manos. Ni siquiera me percaté de cuánta gente había a mi alrededor. Nunca he necesitado público para tocar, ni aplausos, ni grandes escenarios. Solo ese instante en el que el entorno despertase mi inspiración: el viento acariciando mi piel, una luz tenue filtrándose entre los árboles, pájaros que guardan silencio atentos a tu música, el crujido de las hojas secas bajo las botas, el latido acompasado del corazón ante la emoción de haber encontrado el momento...
Esa tarde toqué y canté a la vida, a los abrazos que curan, a los amigos que siempre están, a los sueños que nunca se rinden, al amor. Y cuando terminé, cerré los ojos agradecida y sonreí, convencida de que la felicidad estaba allí, en aquel momento tan simple, en aquel entorno tan sencillo, conmigo.
Y comprendí que hay momentos que no necesitan nada extraordinario para convertirse en eternos.
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