Ya desde el inicio de todos los tiempos, el Sol y la Luna se amaban en silencio. Él, ardiente, brillante y apasionado, pasaba los días iluminando al planeta, aportando calor y vida a quiénes lo habitaban. Ella, serena, calmada y plateada, se contentaba admirándolo desde la distancia, reflejando en sí misma , toda la luz que él amablemente le regalaba.
¡Qué caprichoso el destino que, aun amándose con admiración, orgullo y respeto, no los dejara estar juntos! Cuando él despertaba y asomaba los primeros destellos de su tan bonita y cálida luz, ella debía dormir llevándose consigo, como buena guardiana, los sueños y deseos de la humanidad. Eran dos amantes que apenas tenían tiempo de rozarse, aprovechando para ellos los pocos minutos que separaban el amanecer del crepúsculo.
Aún así, aunque únicamente pudieran disfrutar de esos momentos fugaces, los aprovechaban al máximo haciendo que hasta incluso el cielo se tiñera de fuego y plata, y el universo entero se estremeciera ante tal bello espectáculo de luces y colores. Los humanos decidieron ponerle nombre a esos momentos llamándolos “amanecer” y “atardecer”, sin ni siquiera sospechar que dos almas celestes intercambiaban besos furtivos y casi robados.
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