Dicen que escapaba de mí, echando a correr; aunque, la verdad, yo solo quería darle alcance.
A su vera iba, como cada siete de julio desde que tengo memoria. Él, impávido, miraba al frente, mientras el asfalto de Estafeta retemblaba con cada pisada.
Mi viejo no corría movido por la fe ni por votos. Lo hacía por puro amor. A esta celebración, a su gente, a la vida misma.
Este año, la papeleta me había tocado a mí.
Llegué a la curva de Mercaderes sin volver la vista atrás. Oía los golpes de los cascos, el aliento, el pánico y la alegría entreverados en un mismo palpitar.
Corrí. Por él. Con él.
En mi pañuelo, cosido a mano, la fecha de su última carrera.
En mi alma, la promesa de repetirla cada año hasta que las fuerzas me abandonen.
Hoy hice 204 pasos corriendo.
Exactamente lo que medía su tranco desde la Cuesta de Santo Domingo hasta la plaza.
Y al rebasar la valla, puedo jurar que lo noté.
A mi lado.
Como siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario