El polvo se arremolina lentamente en el aire, formando pequeños montoncitos que destacan iluminados por la luz mortecina del atardecer. Las paredes, decoradas por las grietas y las manchas de humedad, narran historias de un pasado que se resiste a quedar atrás. Cada fragmento de cemento en el suelo evoca la memoria de los miles de pasos que alguna vez recorrieron esos pasillos, convertidos ahora en recuerdos fantasmales que flotan sin rumbo.
El corazón de la habitación es el enorme y viejo ventanal, un marco desdentado que, contra todo pronóstico, conserva la dignidad de un gran observatorio. A través de él, se abre paso el horizonte, revelando el hermoso tapiz celeste donde la Vía Láctea brilla con un fulgor casi hipnótico. Los montes, aquellas sombras oscuras que destacan a lo lejos, se alzan como guardianes silenciosos de un tiempo más que detenido. El contraste entre la majestuosa belleza del firmamento y la decadencia del interior parece contar una historia llena batallas, algunas perdidas, pero también de esperanza.
Cuando la noche va cayendo, el aire se hace cada vez más frío, los susurros se adueñan del espacio, recorriendo cada uno de los rincones, como si el mismo edificio suspirara frente a la inmensidad del cosmos. El viento, ligero y suave, atraviesa los huecos de la pared, haciendo danzar a las motas de polvo que adquieren un brillo dorado que trata de competir con la luz plateada de la misma luna. Y es en ese preciso instante, en el que la línea entre lo terrenal y lo infinito se difumina haciendo que, incluso en la desolación más profunda, la promesa de un nuevo renacer permanezca latente.
Allí, en medio de escombros y estrellas, la vida se detiene para contemplar su propia fragilidad y admirar la grandeza del universo. Y en esa pausa silenciosa, el pasado y el futuro se funden, recordándonos que siempre hay algo nuevo por descubrir, sin importar cuán devastado parezca el presente.
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