Decían que aquel bosque respiraba en silencio. Cada uno de sus árboles, ocultaba secretos que solo los vientos conocían, y entre sus ramas, los pajaritos se volvían cómplices de su misterio. Los visitantes eran recibidos con el crujido de las hojas bajo sus pies, la humedad y el intenso olor a madre tierra. Los solitarios que buscaban refugio acababan siendo parte de sus raíces y, si permanecían allí mucho tiempo, se quedaban atrapados. Tal era la hermosura de ese bosque, siempre vivo y eterno en el corazón de sus habitantes que, allá donde estuvieran, regresaban siempre a él.
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